lunes, 25 de septiembre de 2017

Crecer duele

Cuenta una leyenda chamánica que las águilas cuando llegan a los cuarenta años sufren tal desgaste en sus plumas, pico y garras que de forma inevitable se enfrentan a la muerte, ya que no pueden volar ni cazar con la precisión que se requiere. Ellas saben que van a morir a no ser que, en un acto voluntario, decidan comenzar una transformación que les lleve a renovarse por completo. Dicen que el aguila se retira entonces a una cueva en lo alto de una montaña y comienza a arrancarse las plumas,  las garras y el pico. Es un proceso muy doloroso y mientras sucede, queda en estado de vulnerabilidad. Después le crecen poco a poco nuevas plumas, pico y garras y tiene por delante otros treinta años de vida, ahora renacida, renovada por completo.

Esta historia forma parte de la mitología chamánica, pero refleja bien las crisis de crecimiento a las que nos vemos enfrentadas todas. De una manera u otra, vivir implica crecer. Despedirse de lo anterior y parirse de nuevo con otros recursos, herramientas y capacidades. Y sí, crecer duele. Nos dolían los huesos cuando éramos pequeñas y los pechos duelen cuando comienzan a crecer. Duele despedirse de quien una fue y no saber en qué se convertirá ni qué será de su vida. Pero forma parte de la naturaleza humana. 

Claro que en esta sociedad donde lo incómodo o el dolor se guardan celosamente en el fondo del armario, donde corremos a tomar ansiolíticos cuando arrecia la zozobra y medicalizamos los procesos cotidianos por los que todos los seres atravesamos, sostener una crisis de crecimiento es un acto solitario y, a veces, lleno de incomprensión por el entorno. Crecer, renovase, parirse de nuevo, cambiar, transformarse interna y externamente forman parte consustancial de una vida que merece la pena ser vivida. Lo demás es una mala copia de un guión previsible. Una farsa del marketing social.  Lo único seguro que tenemos en esta vida es el cambio. 

¡Celebrémoslo juntas!


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